La Guardia Civil en la Guerra Civil Española (1936-1939)
Al estallar la Guerra Civil Española en 1936, la Guardia Civil contaba con una plantilla de aproximadamente 33.500 hombres, lo que representaba un tercio de todos los efectivos militares del país. Al tratarse de profesionales con un profundo conocimiento del terreno y desplegados por toda la geografía nacional, el papel del cuerpo fue decisivo en los primeros días del conflicto: la sublevación militar solía triunfar en las provincias donde la Guardia Civil se sumaba al alzamiento, y fracasaba allí donde se mantenía fiel al Gobierno.
Una institución dividida por el conflicto
El Inspector General de la institución, el general Pozas Perea, permaneció fiel a la Segunda República y ordenó a todas las comandancias mantener la lealtad al poder legalmente constituido. Sin embargo, la fractura de la Guardia Civil reflejó la división que sufrió toda la sociedad española:
- En el bando republicano: Figuras como el coronel Escobar y el general Aranguren en Barcelona defendieron la legalidad de la República. Tras el fin de la guerra, ambos fueron juzgados, condenados y fusilados por el régimen franquista.
- En el bando sublevado: En lugares como Albacete, los guardias civiles que se unieron a la sublevación fueron hechos prisioneros, ejecutados y arrojados al mar por decenas en aguas de Cartagena.
El frente del Norte: El asedio de Oviedo
En Asturias, la mayor parte del Principado permaneció bajo control republicano, con la excepción de su capital. En Oviedo, el gobernador militar, el coronel Aranda, se unió a la insurrección tras concentrar en la ciudad a gran parte de las fuerzas de la Guardia Civil.
Aislada en territorio hostil, la capital asturiana resistió un asedio de 85 días con intensos combates, lo que valió numerosas condecoraciones individuales a los guardias participantes. Por el contrario, las compañías de La Felguera, Mieres y Sama de Langreo esta última castigada de nuevo de forma trágica como en la Revolución de 1934 no lograron replegarse en Oviedo y fueron completamente aniquiladas. El sitio de la ciudad concluyó el 17 de octubre gracias a la llegada de las tropas gallegas del coronel Martín Alonso.
Resistencia en el Alcázar de Toledo y Andalucía
La implicación del cuerpo en los grandes asedios de la guerra fue notable:
- El Alcázar de Toledo: En la famosa defensa de esta fortaleza participaron un total de 690 guardias civiles de la comandancia local, lo que suponía el 60 % de toda la guarnición defensora.
- Frente andaluz: La violencia de los tres primeros meses de la contienda se cebó con el cuerpo en el sur del país. Solo en las provincias de Sevilla, Granada y Córdoba perdieron la vida 712 guardias civiles, la mayoría de ellos defendiendo sus propias casas cuartel frente a los ataques.
El épico asedio del Santuario de la Virgen de la Cabeza
En la provincia de Jaén se vivió uno de los episodios más dramáticos de la guerra. El capitán Reparaz se unió inicialmente a la columna republicana del general Miaja, logrando concentrar a sus agentes y a sus familias en el Santuario de la Virgen de la Cabeza. Sin embargo, poco después cambió de bando para sumarse a las fuerzas nacionales y participar en la defensa de Córdoba.
El santuario quedó bajo el mando del capitán Cortés, quien lideró un durísimo asedio que se prolongó durante nueve meses. El sitio terminó el 1 de mayo de 1937, el mismo día en que el capitán Cortés fue herido de muerte. Para ese momento, solo quedaban 14 hombres con capacidad de combatir en el templo. Fiel al espíritu de la institución, el capitán había mandado colocar un cartel con la célebre frase:
«La Guardia Civil muere pero no se rinde».
Balance de bajas y reestructuración de los cuerpos de seguridad
El balance final de la guerra para la institución fue devastador. El recuento oficial dejó una cifra de 2.714 muertos y 4.117 heridos, lo que significó la pérdida o afectación del 20 % de sus efectivos iniciales.
En cuanto a su continuidad institucional, la Guardia Civil siguió operando con su estructura original dentro del bando nacional. En la zona republicana, el cuerpo sufrió una profunda transformación: primero pasó a llamarse Guardia Nacional Republicana y, finalmente, en diciembre de 1936, se integró en el nuevo Cuerpo de Seguridad y Asalto, fusionando todas las fuerzas policiales del territorio bajo una misma identidad.